Proyecto transmedia donde el diálogo entre la fotografía, el video y la cartografía busca visibilizar las experiencias de ocupación y movilidad de mujeres en el espacio público nocturno de Tijuana, ciudad ubicada en la frontera norte de México. Todas ellas, de distintas edades, procedencias y trayectorias vitales, cada noche hacen de las calles su espacio de trabajo, realizando distintas actividades productivas enfocadas en el comercio ambulante y el malabar callejero. Sus formas de ser, estar y andar en la ciudad revelan un paisaje urbano lleno de contrastes y de marcas de género con las que es posible interpelar los discursos que suponen la existencia de una «ciudad universal».



La investigación transdisciplinar feminista de donde surge este proyecto, reflexiona sobre las violencias y la precariedades vividas en el marco del trabajo informal nocturno. Noche a noche, muchas mujeres asumen los múltiples riesgos que emanan de un entorno laboral económicamente incierto en una ciudad transfronteriza cuya planificación, no solo se encuentra determinada por los escenarios económicos que la han visto desarrollarse, sino por las representaciones de la vida nocturna que hacen parte de su leyenda, que operan como estigmas, formas de control de los cuerpos femeninos en el espacio público y condicionantes de su movilidad.

Nocturnario Fronterizo
“Pero la verdad es que a mí me gusta mucho la noche. No te sé decir por qué, pero realmente yo disfruto la noche. Es algo que me llena de tantas cosas, de tanto sentimiento, como que la noche me pone melancólica. Porque por ponerte un ejemplo, cuando vengo de regreso [del trabajo] hay veces que no escuchas nada, ni los perros, nada, solo un vacío… el silencio… y ahí es cuando uno disfruta de ese pequeño placer de la noche, de ver la noche, ver la luna, las estrellas. De ir caminando y te quedas tripeandote al cielo y lo ves desde otra perspectiva, sin ruido, no ves problemas, ya es de noche”. (Beileen, malabarista, 21 años)
“Pero la verdad es que a mí me gusta mucho la noche. No te sé decir por qué, pero realmente yo disfruto la noche. Es algo que me llena de tantas cosas, de tanto sentimiento, como que la noche me pone melancólica. Porque por ponerte un ejemplo, cuando vengo de regreso [del trabajo] hay veces que no escuchas nada, ni los perros, nada, solo un vacío… el silencio… y ahí es cuando uno disfruta de ese pequeño placer de la noche, de ver la noche, ver la luna, las estrellas. De ir caminando y te quedas tripeandote al cielo y lo ves desde otra perspectiva, sin ruido, no ves problemas, ya es de noche”. (Beileen, malabarista, 21 años)